-¿Que camino debo tomar? -Depende a donde quieras ir.

-Me da igual cualquier sitio. -Entonces, cualquier camino te sirve.

L. Carrol, Alicia en el país de las maravillas



¿Compositor, intérprete? Desde donde alcanza mi memoria siempre he querido ser músico; no compositor, ni intérprete, ni otra derivación. Músico. Puede resultar una perogrullada pero no es así. En la segunda mitad de este siglo parece que estamos obligados a especializarnos. Yo siempre he querido ser músico, como se decía, y se era, antiguamente. Antes nadie decía: soy compositor, soy arreglista, soy intérprete, soy musicólogo, etc; se era o no se era músico. Por eso, siempre he querido ser músico: para componer, interpretar, dirigir, arreglar, investigar y participar, si me dejan, en todos los asuntos inherentes a la música. Por supuesto que el acto supremo de la música es la composición; pero para que exista música, la composición necesita que se interprete y se escuche. ‘Una y Trina’; Música: componer, interpretar, escuchar.

Disfruto enormemente, y me siento como un pequeño dios-creador, intentando componer algo frente a un papel en blanco; pero necesito también el placer físico de tocar (o cantar): cuando con la energía que canalizan tus manos (o el aire que sale de tu cuerpo) consigues convertir el pensamiento musical en una combinación de sonido en el tiempo (como dice Tomás de Yriarte en su poema La música de 1780) que transporta emociones y es algo más que el más bello de todos los ruidos. Y me encanta escuchar música. 

Hacer música=Ser músico. Si Música es ‘una y trina’: componer, interpretar, escuchar; músico es ‘uno y trino’: compositor, intérprete, público. Y si Música sólo existe en un momento -presente efímero- único, insustituible e irrepetible en el tiempo y el espacio; quien la hace, el músico ¿Sólo existe en ese mismo momento?


De donde vengo... a donde voy... Como este siglo parece ser, también, el de las escuelas compositivas -las famosas ‘escuelas de Viena’ son un invento moderno-  ha llegado a ser preocupante no pertenecer a ninguna. Pero en una escuela se corre el riesgo de ser un clónico del genial profesor; o, si uno tiene voz propia, acabar rompiendo edípicamente con el genial profesor y... Caminante, no hay camino... pero sin base técnica tampoco se hace camino.


Durante años me han hecho creer, y he sentido colgado a mi espalda como un monigote de inocentada, el dichoso sanbenito de ‘español individualista negado para el trabajo en equipo’. En España, en nuestra ignorancia, creemos que no tenemos tradición ni continuidad; sin embargo, al indagar en nuestra historia musical descubro que hemos tenido grandes escuelas compositivas: en el XVIII ‘el Españoleto’ en Aragón, en el XIX Carnicer en Madrid y Pedrell en Barcelona, en el XX Conrado del Campo y Francisco Guerrero y otros que desconozco.


Pero no me preocupa el asunto de una escuela nacional ya que nací generacionalmente en el internacionalismo de la aldea global, además me reconforta la frecuente paradoja de acusar a un creador de antinacional y más tarde convertirlo en paradigma de esa nacionalidad. Lo que me preocupa de verdad es que el músico-compositor en España no tiene ‘futuro’ mientras no normalice el ‘pasado’ de la historia musical española. ¿Estamos condenados al mismo limbo del olvido en que tenemos a nuestros antepasados? Creo que sólo habrá futuro mientras se pueda integrar el presente en un proceso histórico normalizado.


Siento una sana envidia cuando veo que en otros países europeos, aunque no reconozcan escuelas nacionales, existen unos rasgos históricos que asumen conscientemente y que utilizan para justificarse como creadores.


Y no me da igual ir a cualquier sitio.

Escritos

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